Una vida llevada
de la mano de Dios.
Sus recuerdos y su gratitud, contados en primera persona.
Nací el 20 de febrero de 1951, en un pueblecito del centro de Cuba, dentro de una familia cristiana.
Creo que mi padre tuvo mucho que ver con el ambiente de aquel hogar. Era español y había estudiado durante cinco años en el Seminario de Santiago de Compostela para ser sacerdote. Aunque finalmente no llegó a serlo, pienso que dejó en nuestra familia una manera de vivir la fe con naturalidad, con sencillez y también con alegría.
Mis primeros estudios los hice en una escuela dirigida por religiosas, excelentes profesionales de la enseñanza. Hasta que llegó un momento difícil para la Iglesia en Cuba: aquellas religiosas, como tantos otros religiosos, tuvieron que abandonar el país.
Continué mis estudios en la escuela pública hasta que, con apenas 13 años, marché a La Habana para ingresar en el Seminario El Buen Pastor.
Allí fui muy feliz.
Fueron años de estudio, de formación, de convivencia y, sobre todo, de descubrir esas dos grandes realidades que marcarían mi vida: Dios y el hombre.
A los 23 años, llegó el sacerdocio.
Era un curita joven, con una guitarra en la mano y un deseo enorme de llevar la alegría del Evangelio a todos los cubanos.
Mi primer destino fue Santa Clara, donde trabajé junto a mi obispo, Fernando Prego, que para mí fue verdaderamente un padre, un «padrazo».
Después vinieron las primeras comunidades por la zona de Quemado de Güines, en la costa norte de Cuba. Allí pasé casi cuatro años.
Desde allí viajaba también a Santa Clara para acompañar durante diez años a los jóvenes universitarios.
Después llegó un nuevo destino: la amplia zona de Rodas, junto con la pastoral juvenil de Cienfuegos. Allí estuve casi dos años.
Por aquel entonces se estaba restaurando el Obispado y el obispo me llamó a colaborar.
Y comenzó una etapa muy especial de mi ministerio: durante trece años atendí las prisiones de la provincia.
Después fui destinado a la Parroquia Mayor de Sancti Spíritus, donde permanecí once años. Durante tres de ellos tuve también la atención pastoral del hospital de enfermos de SIDA.
Más tarde regresé nuevamente a la costa norte, esta vez a Caibarién.
Allí permanecí once años. Fueron años hermosos, en los que pudimos acompañar a las comunidades y levantar o remodelar varios lugares de culto. Llegamos a tener cinco lugares de culto.
Después regresé durante dos años a Sancti Spíritus.
Y finalmente llegó Cabaiguán, donde permanecí quince años.
Quince años de vida, de sacerdocio, de gente, de alegrías, de dificultades, de encuentros y de tantas historias que uno termina llevando para siempre en el corazón.
También el Señor me permitió salir de Cuba para seguir formándome.
Pude estudiar Planificación Pastoral en Colombia, participar en Bogotá en encuentros de pastoral carcelaria, compartir retiros con sacerdotes y obispos en Monterrey, capacitarme en misiones en Roma y pasar un año en la Universidad de Salamanca.
Y después de tantos caminos recorridos, tantos pueblos, parroquias, cárceles, hospitales, jóvenes, familias y comunidades…
Dios me trajo hasta aquí.
Desde hace dos años estoy sirviendo en Miami: primero, casi un año, en la parroquia de St. Kieran, y después en Corpus Christi.
Desde aquí he tenido también la oportunidad de celebrar en muchas parroquias de la ciudad, visitar hospitales y hogares, bendecir casas, centros de trabajo y acompañar a tantas personas en circunstancias muy diferentes de la vida.
Colaboro además con la pastoral del Santuario de la Ermita de la Caridad y, recientemente, el Señor me ha regalado también la oportunidad de servir como capellán en el Mercy Hospital.
Y cuando miro hacia atrás, después de tantos años, no veo solamente una lista de lugares y de trabajos pastorales.
Veo personas.
Veo rostros.
Veo momentos de alegría y momentos difíciles.
Veo caminos que yo nunca hubiera imaginado.
Y, sobre todo, veo una mano.
La mano de Dios.
Porque si algo puedo decir después de estos años es que yo no he llevado a Dios de la mano.
Ha sido Dios quien me ha llevado a mí de la mano.
Y lo ha hecho respetando siempre mi libertad, esperando mis respuestas, sosteniéndome en mis debilidades y regalándome personas maravillosas a lo largo del camino.
El próximo 21 de septiembre cumpliré 52 años de sacerdote.
Y no quiero celebrarlos mirando solamente al pasado.
Quiero celebrarlos dando gracias.
Gracias a Dios por haberme llamado.
Gracias por mis padres y mi familia.
Gracias por los obispos, sacerdotes, religiosas y tantas personas que me ayudaron a descubrir mi vocación.
Gracias por todos aquellos a quienes he podido servir.
Y gracias también por aquellos que, sin saberlo, me han evangelizado a mí.
Después de 52 años, solamente puedo decir:
Señor, aquí estoy.
Sigo teniendo el corazón abierto.
Sigo queriendo servir.
Sigo queriendo anunciar a Jesucristo.
Y, mientras Tú quieras, déjame seguir caminando contigo, de tu mano, con un corazón sencillo, abierto y feliz en Ti.
Porque al final de todo, mi historia sacerdotal puede resumirse en una sola frase:
«Dios me llamó, yo dije que sí… y Él nunca me ha soltado de la mano».
Padre Fuciños